El piano, como instrumento y como dispositivo cultural, ha sido históricamente asociado a una economía del control: control del cuerpo, del tiempo, de la forma. Su centralidad en la
tradición clásica occidental consolidó una imagen donde la técnica se entiende como dominio, la interpretación como fidelidad y el concierto como un espacio de estabilidad ritual. Sin embargo, cuando ese mismo instrumento se desplaza hacia entornos visuales y performativos propios de la contemporaneidad, su estatuto cambia. Ya no se trata únicamente de producir sonido, sino de activar un sistema perceptivo en tiempo real. En ese punto de fricción se inscribe el trabajo de
Lola Astanova, pianista formada en la tradición clásica que, lejos de limitarse a reproducir repertorios o gestos heredados, pone en juego una concepción del piano como cuerpo activo, sensible al espacio y a la mirada.