La trayectoria de Astanova se origina en una formación rigurosa, temprana y reconocible dentro de los estándares del virtuosismo académico. Ese dato no es menor: su trabajo no parte de una negación de la técnica, sino de su desplazamiento. Lo que se produce en ciertas piezas audiovisuales asociadas a su figura no es un comentario externo sobre la música, sino una activación de la música misma como evento expandido. El piano deja de ser un objeto estático situado frente a un público inmóvil y se convierte en un nodo dentro de una red de relaciones que incluye el cuerpo de la intérprete, el espacio físico, la cámara y el tiempo perceptivo del espectador. Cada uno de estos elementos responde a los otros; ninguno funciona como mero acompañamiento.
Desde una perspectiva musicológica, esta operación resulta especialmente relevante porque cuestiona la idea de obra cerrada. La música ya no aparece como una entidad autosuficiente que se despliega de acuerdo con una lógica interna predefinida, sino como un proceso que se construye en presente. El gesto técnico —la presión del dedo, la velocidad del ataque, la respiración que acompaña una frase— no es invisible ni secundario: se vuelve significativo en sí mismo. El cuerpo no oculta el mecanismo del instrumento; lo expone. Y en esa exposición, la interpretación deja de ser un acto de mediación para convertirse en una forma de lectura del entorno contemporáneo, marcado por la aceleración, la fragmentación y la atención dispersa.
El cruce entre música e imagen, en este contexto, no cumple una función ilustrativa. No se trata de “vestir” al sonido con recursos visuales, sino de alterar las condiciones mismas de la escucha. La presencia de la cámara, los encuadres móviles, la relación entre plano y sonido producen una escucha que ya no es puramente auditiva. La percepción se vuelve multisensorial, y el oyente-espectador es convocado a un tipo de atención distinta, menos contemplativa y más corporal. El tiempo musical, en consecuencia, se estira y se contrae de acuerdo con esa experiencia: no responde solo al pulso interno de la obra, sino a una lógica perceptiva donde el silencio adquiere un peso estructural.
Ese silencio no funciona como pausa ornamental ni como simple respiración formal. Opera como tensión, como suspensión de expectativas. En un mundo saturado de estímulos, el silencio se vuelve un gesto activo que reorganiza la escucha. Cada interrupción del flujo sonoro obliga a recalibrar la percepción, a tomar conciencia del cuerpo propio y del espacio circundante. En este sentido, la música no avanza hacia una resolución clara, sino que se despliega como una serie de estados, de intensidades que no buscan necesariamente un cierre. La experiencia se define menos por la progresión que por la permanencia en el presente.
El piano, pensado así, deja de ser un símbolo de estabilidad cultural para convertirse en una tecnología sensorial. No una tecnología en el sentido instrumental o digital, sino como un sistema que traduce gestos físicos en acontecimientos perceptivos. El control técnico no desaparece, pero se fractura: ya no garantiza una lectura única ni una forma definitiva. Se convierte en un punto de partida desde el cual la interpretación puede exponerse al riesgo, a la variación y a la contingencia del entorno. La ciudad, el paisaje, el espacio arquitectónico dejan de ser telón de fondo y pasan a formar parte del discurso musical, influyendo en la manera en que el sonido es producido y recibido.
Este desplazamiento también plantea interrogantes sobre la identidad del intérprete en la cultura contemporánea. Astanova no aparece como figura biográfica ni como objeto de homenaje, sino como presencia activa dentro de un sistema en movimiento. Su cuerpo no ilustra la música; la genera y la tensiona. La interpretación se vuelve performativa en un sentido fuerte: no representa algo previo, sino que produce sentido en el acto mismo de ejecutarse. La técnica clásica convive con una sensibilidad que incorpora elementos del pulso urbano, de la estética audiovisual y de una relación distinta con el tiempo y la atención.
Desde el punto de vista cultural, estas prácticas obligan a reconsiderar las fronteras entre géneros y formatos. La música clásica, en este marco, no se presenta como un repertorio cerrado ni como una tradición intocable, sino como un lenguaje que puede reconfigurarse sin perder densidad ni complejidad. La cuestión no es la legitimidad, sino la capacidad de generar experiencias significativas en un contexto donde la escucha ya no es un acto aislado, sino un fenómeno atravesado por múltiples capas de estímulo y mediación.
Pensar el piano como cuerpo y como experiencia en tiempo real implica aceptar que la música no se agota en la partitura ni en la ejecución “correcta”. Implica asumir que el sentido emerge de la interacción entre control y exposición, entre técnica y fragilidad, entre sonido e imagen. En ese espacio inestable, la música deja de ofrecer respuestas claras y se convierte en una forma de percepción ampliada, capaz de reflejar —sin explicitar— las tensiones del presente. Y quizá sea precisamente en esa suspensión, en esa negativa a cerrar el sentido, donde el piano encuentra hoy una de sus formas más elocuentes de seguir diciendo algo.



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