Buscar por nombre del Músico en nuestra base de datos

20260104

DOMi Louna - contemporaneidad del jazz

Durante décadas, el jazz se observó a sí mismo con una mezcla de lucidez y ansiedad. Cada intento de sonar contemporáneo parecía exigir una justificación previa, como si el género necesitara pedir permiso para seguir hablando en presente. No se trataba tanto de modernizar un vocabulario como de decidir si ese vocabulario aún podía sostener una conversación con el mundo que lo rodea. En ese contexto, la aparición de figuras jóvenes suele leerse bajo dos reflejos automáticos: la nostalgia disfrazada de validación —“suenan bien porque recuerdan”— o el entusiasmo acrítico ante lo nuevo entendido como ruptura. La música de DOMi Louna incomoda precisamente porque no encaja del todo en ninguno de esos marcos.


A sus veinticinco años, su irrupción en el ecosistema musical internacional fue percibida por muchos como súbita, casi milagrosa. La narrativa del prodigio funciona bien en tiempos de circulación acelerada: una pianista joven, una energía escénica desbordante, un virtuosismo que parece no reconocer genealogías. Sin embargo, basta escuchar con cierta atención —y observar con menos romanticismo— para advertir que allí no hay espontaneidad en el sentido ingenuo del término. Hay método, hay estructura, hay una formación rigurosa en el circuito académico europeo, donde el jazz se enseña menos como estilo identitario que como sistema operativo. Armonía, escalas, independencia, escucha: herramientas diseñadas para pensar en tiempo real, no para reproducir formas heredadas.

Ese dato no es menor. En buena parte de la tradición jazzística, el peso simbólico del pasado sigue siendo determinante, incluso cuando se lo cuestiona. DOMi, en cambio, no parece dialogar con el canon desde la reverencia ni desde la negación, sino desde una distancia funcional. El jazz está presente en su música —en la expansión armónica, en la elasticidad rítmica, en la atención constante a lo que ocurre alrededor—, pero no ocupa el centro simbólico del discurso. No es un punto de llegada ni una bandera estética. Es materia prima.

Uno de los rasgos más llamativos de su trabajo es el lugar que ocupa el cuerpo. En DOMi, la performance no es un adorno ni una estrategia de seducción visual; es el núcleo mismo de la producción sonora. El cuerpo no acompaña a la música, la genera. Cada ataque tiene una dimensión física evidente, cada acento se inscribe en un gesto que no puede separarse del sonido que produce. Esta relación directa entre energía corporal y resultado musical desplaza una vieja dicotomía del jazz académico: la oposición entre pensamiento y expresión. Aquí, pensar es un acto físico, y tocar es una forma de razonamiento encarnado.

Esa fisicidad conecta de manera orgánica con una cultura musical atravesada por el beat, la repetición y la ruptura. No en el sentido de la cita explícita ni del cruce programático de géneros, sino en una concepción del tiempo que asume la fragmentación como estado natural. Por eso las etiquetas habituales —fusión, jazz con hip-hop, funk con virtuosismo académico— resultan insuficientes. La música de DOMi no combina géneros; combina modos de organizar el tiempo. La repetición no es aquí un gesto minimalista ni un guiño a la música electrónica, sino una herramienta para construir tensión. La ruptura no funciona como gesto transgresor, sino como consecuencia lógica de un flujo que no se estabiliza.

Hay, además, una ausencia notable: la necesidad de teorizar el propio trabajo. En un entorno donde el discurso suele anteceder a la música, DOMi parece operar a la inversa. Su contemporaneidad no se formula en declaraciones ni en manifiestos, sino en decisiones formales concretas. En cómo se distribuye la energía a lo largo de una pieza. En cómo se administra el silencio. En cómo se negocia el equilibrio entre control y desborde. Esa economía del discurso externo no implica falta de conciencia, sino una confianza poco frecuente en que la forma puede decir más que cualquier explicación.

Desde una perspectiva cultural más amplia, su figura permite pensar el estado actual del jazz sin recurrir a diagnósticos apocalípticos ni a celebraciones vacías. Tal vez no estemos ante un “futuro del jazz” en el sentido teleológico que tanto seduce a la crítica, sino ante un desplazamiento silencioso de las preguntas. Ya no se trata de delimitar fronteras —qué es y qué no es jazz—, sino de explorar qué operaciones sigue habilitando ese lenguaje cuando se lo libera de la obligación de representarse a sí mismo. En ese sentido, la incomodidad que genera DOMi no proviene de una supuesta radicalidad estética, sino de su naturalidad. No parece estar respondiendo a una tradición; simplemente la usa.

Llamarla fenómeno viral o prodigio técnico es, en el fondo, una forma de neutralizar esa incomodidad. Son categorías que permiten admirar sin pensar demasiado. Pero quizá sea más productivo leer su trabajo como un síntoma. El síntoma de una generación formada en la gramática del jazz, pero no en su mitología; una generación que no siente la necesidad de preguntar dónde empieza o termina el género, porque su problema es otro. Qué hacer hoy con ese conjunto de herramientas en un mundo donde el tiempo se percibe de manera distinta, donde la escucha es fragmentaria, donde el cuerpo vuelve a ocupar un lugar central en la experiencia musical.

Si el jazz alguna vez fue, como se ha dicho tantas veces, una música del presente, tal vez su vitalidad actual no dependa de proclamarse contemporáneo, sino de aceptar que ya no necesita mirarse en el espejo del pasado para reconocerse. En ese desplazamiento, figuras como DOMi no ofrecen respuestas cerradas ni modelos a seguir. Apenas dejan una pregunta abierta, formulada sin palabras, que sigue resonando después de que el sonido se detiene.

No hay comentarios:

ACTUAL JAZZ

ACTUAL JAZZ
2008 - 2022