“Take Five” no es simplemente una pieza célebre del repertorio jazzístico ni un ejemplo afortunado de métrica irregular convertido en éxito popular. Es, ante todo, el momento en que el jazz moderno logró reformular su relación con el tiempo sin romper el lazo con la escucha amplia. Un punto de inflexión silencioso, casi subterráneo, donde la audacia rítmica dejó de ser un gesto marginal para convertirse en una experiencia compartida. Cuando se grabó en 1959 para el álbum Time Out, el jazz atravesaba una tensión latente: entre la sofisticación creciente de su lenguaje y el riesgo de encerrarse en una conversación solo inteligible para iniciados. “Take Five” no resolvió ese conflicto; lo desplazó.
La elección del compás de cinco tiempos fue, en ese sentido, menos una provocación que una consecuencia. El Dave Brubeck Quartet venía explorando métricas no habituales a partir de la observación directa de músicas folklóricas extraoccidentales, particularmente en Turquía y la India, donde el pulso no se organiza según la cuadratura binaria que había dominado al swing y al bebop. Pero lo decisivo no fue la adopción del 5/4 en sí, sino la manera en que ese metro fue integrado a una lógica de fluidez y repetición capaz de sostener la atención sin exigir desciframiento. El compás irregular no aparece como un obstáculo que el oyente debe superar, sino como un terreno que se vuelve habitable desde los primeros segundos.
La arquitectura de la obra descansa sobre un ostinato de piano tan sencillo como eficaz. Dos acordes, reiterados con una regularidad casi hipnótica, establecen un centro de gravedad que neutraliza la extrañeza métrica. Esa base no actúa como simple acompañamiento, sino como dispositivo perceptivo: permite internalizar el pulso de cinco tiempos sin necesidad de contarlo. La subdivisión implícita en tres más dos, con acentos estratégicos que reorganizan la sensación de avance, genera una propulsión elegante, siempre ligeramente desplazada, que mantiene al oyente en un estado de atención activa. El swing, lejos de desaparecer, se redefine.
Sobre esa superficie rítmica se despliega el lirismo de Paul Desmond, verdadero núcleo expresivo de la pieza. Su saxofón alto evita cualquier dramatismo innecesario y se afirma en un tono de claridad casi ascética. La famosa descripción de su sonido como “un martini seco” no es una metáfora gratuita: hay en su fraseo una contención deliberada, una elegancia que prescinde del exceso de vibrato y del gesto enfático. La melodía principal, construida a partir de un lenguaje modal sobrio, se desliza con naturalidad sobre el ciclo de cinco tiempos, disimulando una dificultad técnica considerable. Frasear en 5/4 sin fragmentar el discurso exige una conciencia temporal precisa, pero Desmond opta por ocultar esa complejidad bajo una aparente ligereza.
El verdadero corazón musicológico de “Take Five”, sin embargo, se manifiesta con claridad en el solo de batería de Joe Morello. En una época en la que los solos de batería solían funcionar como exhibiciones explosivas, a menudo desligadas del discurso general, Morello propone una intervención radicalmente distinta. Su solo no rompe la estructura: la expone. Mantiene el pulso de cinco tiempos de manera constante, incluso cuando despliega desplazamientos rítmicos, acentos cruzados y subdivisiones que sugieren otros compases superpuestos. El resultado es una lección de control y de escucha, donde la complejidad surge de la interacción entre capas temporales más que de la velocidad o la fuerza.
Aquí resulta fundamental el rol del contrabajo de Eugene Wright, que actúa como elemento de cohesión cuando el piano se retira momentáneamente. Su presencia asegura la continuidad armónica y temporal, permitiendo que la batería explore texturas y tensiones sin que la pieza pierda su eje. El interplay del cuarteto alcanza en este punto un grado de sofisticación poco frecuente para la época: cada instrumento entiende su función no como protagonismo aislado, sino como parte de un organismo rítmico en constante ajuste.
Desde el punto de vista de la producción, la grabación de “Take Five” ofrece una claridad espacial notable. La separación de planos permite percibir con nitidez la interacción dinámica entre los músicos, subrayando que la innovación no reside solo en la partitura, sino en la manera en que cada gesto responde al de los otros. Esta transparencia sonora contribuyó a que la pieza resultara accesible incluso para oyentes poco familiarizados con el jazz moderno, reforzando la idea de que la complejidad puede ser comunicativa si está bien articulada.
El impacto cultural de “Take Five” fue tan profundo como inesperado. Convertida en sencillo algunos años después de su grabación, la pieza alcanzó un éxito comercial sin precedentes para un tema de jazz construido sobre una métrica inusual. Pero reducir su importancia a las cifras de venta sería un error. Su verdadera trascendencia radica en haber demostrado que la sofisticación intelectual y la circulación masiva no son categorías excluyentes. Al hacerlo, redefinió el imaginario del West Coast Jazz y abrió un nuevo vocabulario rítmico que, desde entonces, forma parte del lenguaje común en conservatorios y espacios de formación musical.
Más de seis décadas después, “Take Five” sigue funcionando como una puerta de entrada y como un objeto de estudio. No envejece porque no depende de un gesto de ruptura explícita ni de una estética de época. Su modernidad reside en la claridad de sus decisiones formales, en la manera en que reorganiza la percepción del tiempo sin imponerla. Tal vez por eso su legado no se agota en la influencia directa, sino en la pregunta que deja abierta: hasta qué punto el jazz necesita mirarse en su pasado para seguir avanzando, y cuánto puede ganar cuando se atreve a replantear sus fundamentos sin anunciarlo a los cuatro vientos.
Caja de información
Esta es una traducción fiel de las notas de línea escritas por Drew Heatley para la reedición del legendario álbum Time Out de The Dave Brubeck Quartet (bajo el sello Not Now Music).
Time Out: The Dave Brubeck Quartet
Notas de Drew Heatley
Resulta difícil exagerar la importancia de Time Out. Cuando se lanzó en 1959, el álbum no solo desafió las convenciones del jazz, sino que las rompió por completo. En una época en la que el jazz se movía casi exclusivamente en los compases estándar de 4/4 o 3/4, Dave Brubeck y su cuarteto decidieron experimentar con estructuras rítmicas poco convencionales, inspiradas en las músicas tradicionales que Brubeck había escuchado durante una gira por Eurasia auspiciada por el Departamento de Estado.
El resultado fue un álbum que, según las predicciones de la discográfica Columbia en aquel entonces, sería un fracaso comercial. "Nadie puede bailar esto", decían. Se equivocaron profundamente. Time Out se convirtió en el primer álbum de jazz en vender más de un millón de copias, y su sencillo principal, "Take Five", pasó a ser uno de los temas más reconocibles de la historia de la música.
La Innovación en el Ritmo
Lo que hace que este disco sea tan especial es la forma en que Brubeck mezcla el intelecto con la accesibilidad. Aunque las firmas de tiempo son complejas —como el compás de 9/8 en "Blue Rondo à la Turk" o el de 5/4 en "Take Five"— la música nunca se siente forzada o puramente académica. El Cuarteto, compuesto por Paul Desmond en el saxo alto, Eugene Wright en el contrabajo y Joe Morello en la batería, logra que estos ritmos "extraños" fluyan con una naturalidad asombrosa.
"Blue Rondo à la Turk": Basado en un ritmo que Brubeck escuchó a músicos callejeros en Turquía, la pieza alterna entre un compás de 9/8 frenético y un swing de 4/4 más tradicional.
"Take Five": Escrita por Paul Desmond, esta pieza se define por el distintivo solo de batería de Joe Morello y la melodía etérea y "seca" del saxo de Desmond, todo sostenido sobre un hipnótico vamp de piano en 5/4.
"Three to Get Ready": Comienza como un vals tranquilo antes de alternar de manera magistral entre compases de 3/4 y 4/4.
Un Legado Duradero
Time Out no solo cambió la trayectoria de la carrera de Dave Brubeck, elevándolo al estatus de superestrella, sino que también abrió las puertas para que otros músicos de jazz exploraran más allá de los límites rítmicos establecidos. Hoy en día, la portada icónica de S. Neil Fujita y los sonidos innovadores que contiene siguen siendo tan frescos y vitales como lo fueron hace más de sesenta años.
Este disco es el testimonio de un grupo de músicos en la cima de sus facultades, liderados por un hombre que no tuvo miedo de pedirle a su audiencia que contara la música de una manera diferente.
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