El reconocimiento a “Windows – Live”, de Chick Corea junto a Christian McBride y Brian Blade, como Mejor interpretación de jazz, resulta significativo no tanto por el nombre de Corea —figura ya canónica— como por la naturaleza del objeto premiado. Se trata de una grabación en vivo que pone en primer plano la interpretación como acto irrepetible, como espacio de riesgo controlado donde la forma emerge de la interacción más que de la escritura. “Windows”, pieza largamente transitada por Corea, se reconfigura aquí desde una lógica de tríada rítmica altamente equilibrada: McBride articula un bajo de densidad armónica constante, mientras Blade evita cualquier resolución obvia, privilegiando el color y la elasticidad temporal. La interpretación no busca reescribir la obra ni imponer novedad superficial; su valor reside en una microgestión del tiempo, en una escucha extrema que devuelve al jazz su condición de práctica relacional antes que de repertorio fijo.
En el terreno vocal, el premio a Portrait de Samara Joy confirma una línea de continuidad más que una ruptura. Joy se consolida como una figura que trabaja desde la tradición sin nostalgia, entendiendo la voz como instrumento armónico y narrativo a la vez. Su enfoque evita el virtuosismo ornamental y se apoya en una afinación precisa, un fraseo que dialoga con la métrica interna de cada estándar y una elección de tempos que privilegia la respiración de la forma. Técnicamente, el álbum destaca por el control dinámico y la claridad tímbrica, pero su aporte más relevante es quizá conceptual: una relectura del canto jazzístico que no busca actualizarlo mediante fusiones externas, sino depurando sus propios mecanismos expresivos hasta hacerlos nuevamente audibles para un oyente contemporáneo.
Southern Nights, de Sullivan Fortner junto a Peter Washington y Marcus Gilmore, premiado como Mejor álbum instrumental de jazz, introduce otra capa de complejidad. Fortner se inscribe en una genealogía pianística que reconoce tanto a la tradición afroamericana del instrumento como a sus desarrollos más recientes, pero lo hace desde una escritura implícita, donde la forma parece siempre al borde de desarmarse. Washington aporta una solidez estructural que funciona como anclaje, mientras Gilmore despliega un lenguaje rítmico de alta resolución, con desplazamientos métricos sutiles y una paleta tímbrica expandida. El álbum se distingue por una concepción del trío no jerárquica, donde el piano no monopoliza el discurso y la interacción se convierte en el verdadero motor formal. Más que un conjunto de composiciones, Southern Nights opera como un sistema de relaciones sonoras en tiempo real.
El premio al Mejor álbum de un conjunto grande de jazz para Without Further Ado, Vol. 1, de la Christian McBride Big Band, vuelve a situar a McBride en el centro del panorama, esta vez como arquitecto de una maquinaria colectiva. La big band, formato históricamente asociado a una escritura rígida y a una economía de roles bien definida, aparece aquí como un organismo flexible, capaz de integrar solistas diversos sin perder coherencia. El mérito técnico del álbum reside en el equilibrio entre arreglo y espacio improvisado, así como en una gestión precisa de las densidades orquestales. McBride no propone una reinvención radical del formato, pero sí una actualización funcional: una big band que respira, que asume la herencia sin convertirla en museo y que dialoga con el presente desde la claridad estructural.
En el ámbito del jazz latino, A Tribute to Benny Moré and Nat King Cole, de Gonzalo Rubalcaba junto a Yainer Horta y Joey Calveiro, plantea una operación de doble filiación. El homenaje no se limita a la cita o a la recreación estilística, sino que articula un cruce de tradiciones donde la complejidad rítmica afrocaribeña se integra con una concepción armónica sofisticada. Rubalcaba, pianista de enorme densidad técnica, opta aquí por una contención estratégica, permitiendo que las estructuras rítmicas y la memoria melódica de las obras dialoguen sin sobrecarga. El resultado es un álbum que reflexiona sobre la herencia desde la práctica, evitando tanto la idealización como la deconstrucción excesiva.
Finalmente, el reconocimiento a Live-Action de Nate Smith como Mejor álbum de jazz alternativo señala una expansión de los límites categoriales del género. Smith, baterista con una fuerte impronta conceptual, trabaja desde una lógica híbrida donde el jazz se cruza con lenguajes de la producción contemporánea, grooves repetitivos y estructuras abiertas. La alternancia entre secciones altamente compuestas y espacios de improvisación controlada genera una tensión productiva que redefine el rol de la batería como eje narrativo. Más que un gesto de fusión, el álbum propone una reconfiguración de prioridades: el ritmo como arquitectura y la textura como elemento estructural.
En el terreno vocal, el premio a Portrait de Samara Joy confirma una línea de continuidad más que una ruptura. Joy se consolida como una figura que trabaja desde la tradición sin nostalgia, entendiendo la voz como instrumento armónico y narrativo a la vez. Su enfoque evita el virtuosismo ornamental y se apoya en una afinación precisa, un fraseo que dialoga con la métrica interna de cada estándar y una elección de tempos que privilegia la respiración de la forma. Técnicamente, el álbum destaca por el control dinámico y la claridad tímbrica, pero su aporte más relevante es quizá conceptual: una relectura del canto jazzístico que no busca actualizarlo mediante fusiones externas, sino depurando sus propios mecanismos expresivos hasta hacerlos nuevamente audibles para un oyente contemporáneo.
Southern Nights, de Sullivan Fortner junto a Peter Washington y Marcus Gilmore, premiado como Mejor álbum instrumental de jazz, introduce otra capa de complejidad. Fortner se inscribe en una genealogía pianística que reconoce tanto a la tradición afroamericana del instrumento como a sus desarrollos más recientes, pero lo hace desde una escritura implícita, donde la forma parece siempre al borde de desarmarse. Washington aporta una solidez estructural que funciona como anclaje, mientras Gilmore despliega un lenguaje rítmico de alta resolución, con desplazamientos métricos sutiles y una paleta tímbrica expandida. El álbum se distingue por una concepción del trío no jerárquica, donde el piano no monopoliza el discurso y la interacción se convierte en el verdadero motor formal. Más que un conjunto de composiciones, Southern Nights opera como un sistema de relaciones sonoras en tiempo real.
El premio al Mejor álbum de un conjunto grande de jazz para Without Further Ado, Vol. 1, de la Christian McBride Big Band, vuelve a situar a McBride en el centro del panorama, esta vez como arquitecto de una maquinaria colectiva. La big band, formato históricamente asociado a una escritura rígida y a una economía de roles bien definida, aparece aquí como un organismo flexible, capaz de integrar solistas diversos sin perder coherencia. El mérito técnico del álbum reside en el equilibrio entre arreglo y espacio improvisado, así como en una gestión precisa de las densidades orquestales. McBride no propone una reinvención radical del formato, pero sí una actualización funcional: una big band que respira, que asume la herencia sin convertirla en museo y que dialoga con el presente desde la claridad estructural.
En el ámbito del jazz latino, A Tribute to Benny Moré and Nat King Cole, de Gonzalo Rubalcaba junto a Yainer Horta y Joey Calveiro, plantea una operación de doble filiación. El homenaje no se limita a la cita o a la recreación estilística, sino que articula un cruce de tradiciones donde la complejidad rítmica afrocaribeña se integra con una concepción armónica sofisticada. Rubalcaba, pianista de enorme densidad técnica, opta aquí por una contención estratégica, permitiendo que las estructuras rítmicas y la memoria melódica de las obras dialoguen sin sobrecarga. El resultado es un álbum que reflexiona sobre la herencia desde la práctica, evitando tanto la idealización como la deconstrucción excesiva.
Finalmente, el reconocimiento a Live-Action de Nate Smith como Mejor álbum de jazz alternativo señala una expansión de los límites categoriales del género. Smith, baterista con una fuerte impronta conceptual, trabaja desde una lógica híbrida donde el jazz se cruza con lenguajes de la producción contemporánea, grooves repetitivos y estructuras abiertas. La alternancia entre secciones altamente compuestas y espacios de improvisación controlada genera una tensión productiva que redefine el rol de la batería como eje narrativo. Más que un gesto de fusión, el álbum propone una reconfiguración de prioridades: el ritmo como arquitectura y la textura como elemento estructural.
En conjunto, los premios de jazz de los Grammy 2026 no parecen articular un discurso unificado, pero sí revelan un consenso implícito sobre ciertos valores: la primacía de la interacción, el rigor técnico entendido como medio y no como fin, y una relación no ansiosa con la tradición. El jazz que emerge de esta selección no busca legitimarse por la novedad ni refugiarse en el pasado; se mueve, más bien, en un territorio intermedio, donde la historia funciona como herramienta y no como destino, dejando abierta la pregunta sobre hacia dónde puede desplazarse ese equilibrio en los próximos años.

No hay comentarios:
Publicar un comentario